La gota de
agua
Por Randolfo Ariostto Jiménez
La ciudad encontró al veterano Coronel de
Investigación Criminal, Marcial Levi, frente a la computadora de su escritorio
desde el asomo del alba. Venía de amasar la noche desde muy atrás en la hora
del descanso. La proximidad del desenlace le arrebató el sueño, rictus habitual en él siempre la victoria se le
desnudaba en la distancia. Restaban minutos para las seis y el caso no se
cerraría solo pese a haber sobrepasado las expectativas del fiscal. Pronto
atraparían al asesino de los apartamentos. La predilección del sicópata por las
señoritas universitarias, no muy tardío develaría la imagen de un asiduo a la
academia de altos estudios o cuando menos habiente de un apartamentico de clase
media de los que pululan la urbe. Aquella propensión por la misma arma de fuego
acunaba en la oscuridad de su alma una simiente de desgracia. Se vislumbraba sobre
él como una inmensa bocanada de anaconda hambrienta. Desde afuera el aire
tiznaba de frío las viejas persianas de vidrio. Un resabio de orina acumulada
bajo capas de iceberg venía de molestar esquimales y lo fuñía todo. Se suponía
que un sol miedoso desplegara coqueteos de vida, empujando al mundo a su faena
de siempre y mostachos de arco iris remontarían rascacielos, parques, rojos
amiantos tras la alambrada de la zona franca y cambrones suburbanos donde el
rocío se pierde en cementerios de hojas. El viento y el agua que trepa la
transparencia del sol y viste de blanco en la estratósfera reeditan con
parsimonia su vals silente de milenios ajenos al Coronel y sus dedos velludos
que le lijan las legañas. Sobre la región se cernía una alerta de vaguada,
constató, tratando de acomodar sus ojos a la página de internet que le servía
notas del Clima, indiferente a la vorágine de cirros en el exterior; nerviosos
cirros hechos de malos presagios y la misma agua, especulando su corazón de
sombras y tragedias; por un momento algodonosa y rala, al rato hostil y
descarnada, precipitada
con peso de sueño atrasado sobre pájaros que emigraron de árboles con nombres
desconocidos. Pronto un río vertical blandía agujas de hielo sobre los poros de
la tierra. Temblaba Levi tras las persianas absorto en el diluvio en su
deshacerse de personas.
El ventarrón empujó las últimas agujasde agua hacia aquel lado del parque
de industrias, allende edificios y cambrones de los suburbios y el sol, cálido
y macho, se abalanzó contra las precarias brumillas que enrarecían el aire.
Solo una gota de agua se aferraba al cristal de la ventana en un edificio
contiguo al de Levi recién reída de transparencia en su redondez de Lágrima de
Ángel y engolamiento de diamante, a merced de ese loco viento que insistía en
provocarle olillas y le azulaba la abrasiva piel, el corazón de oxígeno, su
mayoría de hidrógeno.
Un sonido seco y cortado de golpe, y otro y otro
y luego un silencio culpable de no dejarse escuchar, el mismo al que temen los
muertos cuando los llaman desde el invierno, la hizo trepidar: probable que una
paloma sin orientación académica para alcanzar los techados de la universidad,
o el transitar sicososiópata de la generación de choferes que conocemos. Mas,
su frialdad de testigo presencial involuntario la limitó a desdeñar con algo
menos que impotencia el manojo de rayos bajo sus moléculas, convenientemente
aquejadas de infertilidad visual; turbia luz de una centella, breve suspiro de
pobre; la rosa roja de una cayena transexuada a líquido en la incertidumbre del
lado anverso; ese universo de argumentos indescifrables para ella, mientras su
anatomía de laguna se deslizaba al vértice de la gravedad, abandonada sin
pereza a la melancolía de su rastro y absorbida con gula por el sol hasta
desaparecer en una estela de agua polviviente. Una sombra alegre de calor o
fantasmita de aire se deshizo del cristal tras la conquista de la atmósfera.
Nada sencillo ser gota de agua en estos islotes del Caribe. Aquel silencio
culpable de no dejarse escuchar, el mismo al que temen los vivos cuando los
abandona el verano, cedió paso a un gatuperio de ruidos, ajetreo de urgencias.
La ventana cedió a las manos del Coronel que como muchos en su oficio carecía
de vagancia y poesía para curiosear la extinción de una gota de agua sobre el
cristal de la persiana en un edificio contiguo al suyo cuando el cadáver de una
estudiante aún manaba un manojo de rayos, breve suspiro de pobre, turbia huella
de una centella, y otra y otra y otra. Rosas rojas de cayenas transexuadas a
líquida mortandad por los orificios de las balas.
-Atención patrullas, acordonen el área a cuatro
cuadras, repito, a cuatro cuadras…
Randolfo Ariostto Jiménez
8/5/2014; Esperanza, Valverde.
